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El auténtico valor de la vida

El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y reiteramos esos tropezones continuada, descarada y obsesivamente. No me refiero sólo a los procesos históricos, sino a la vida del común de los mortales. En tiempos de cambios, globalización, de nuevas, rebautizadas y viejas ideologías, la Humanidad tropieza en los mismos obstáculos, que no por conocidos son salvados o, al menos, rodeados.

Pasamos media vida tropezando con ellos y la otra media estudiando como reencontrarlos para reenfrentarnos a ellos con la misma fuerza y principios que anteriormente, con lo que el resultado será el mismo. Esos principios los redecoramos o rebautizamos pero son los de siempre.

Cuando el odio, la envidia, el recelo, el miedo a lo demás y a los demás es motor de vida, cuando se cree estar en posesión de la verdad absoluta, cuando la hipocresía más refinada sobrepasa a las virtudes humanas y sociales convirtiéndose en norma dominante, cuando el ‘yo, mi, me, conmigo’ son los únicos aceptados, cuando el diálogo que reconocemos es puro monólogo, cuando la vida diaria se convierte en una carrera continuada no en avanzar interiormente sino en zancadillear, herir, frenar y aniquilas, es difícil simplemente vivir.

Vivir deja paso a la obcecación en el odio, la hipocresía, la egolatría, el concebir la vida en una sola dirección (a los lados y detrás para que no me alcancen). Y así el tiempo se encarga de anular cualquier vestigio de felicidad, principio fundamental de la existencia del ser humano.

Cuando la vida nos muestra su cara más amarga y nos abofetea, nos hace pensar muchas de estas cosas (y todos hemos sido testigos de algunas últimamente). Desgraciadamente el rubor y el dolor de la bofetada, dura poco. En poco tiempo olvidamos y… ¡Hasta la próxima! Confiamos que el tiempo hará nuestro trabajo. Y es que no vale quejarse: la vida consiste no en tener buenas cartas, sino en intentar jugar bien las que tenemos. La vida es fascinante, basta con verla sin que nos enturbien las gafas la hipocresía barata, el odio recalcitrante y el planteamiento de que poseemos la verdad absoluta.

En estos días, cuando los cristianos celebramos la Pasión y Muerte del Cristo que pregonaba a los cuatros vientos el amor y respeto a los demás, no es difícil contemplar personas que ondean banderas de odio pero sin embargo se fustigan y engalanan en perfectos selfies de postureo vital.

Ante la bellísima iconografía religiosa que recorre las calles como perfecta maestra mostrando el dolor y la entrega por los demás, es buen momento para reflexionar. Este mundo está falto de acercarte al otro, de diálogo, de empatía y del amor que pregonó quien muere en la Cruz. Aparte de sentimientos religiosos, éticos y morales, ese mensaje de amor por los demás llena el alma de cualquiera, convirtiéndose en principio de vida.

Dialogar, amar y considerar al prójimo se desvirtúa cada vez más fabricando mundos virtuales -vía redes sociales- donde al golpe de pecho prosigue una ametralladora de insultos, ofensas, injurias y otras sutilizas, ejemplo de que una sociedad virtual, fría, interesada e hipócrita camina inexorable. Discutimos, odiamos, falseamos, mentimos, simulamos virtualmente haciendo añicos la palabra humanidad.

Estos días, cuando veamos procesionar por nuestras calles, busquemos un segundo para reflexionar si hemos aprendido y puesto en práctica, ese mensaje sencillo y profundo: “Amaos los unos a los otros”. Cada cual en su parcela más cercana.

Hay una diferencia brutal entre estar y sentirse vivo. Lo primero es el resultado de una maquinaria perfecta, lo segundo obliga a interaccionar con los que te rodean. Reflexionemos donde estamos y donde podríamos estar. Si, un acto de reflexión, ese que muchos hacen como estación de penitencia cubiertos con una túnica. Solos tú y la vida, representada por aquel que la dio por nosotros. Y para aquellos que argumentan ateísmo o agnosticismo, busquen tiempo y espacio para hacer esa reflexión y, si procede, enmienda.

Para mí son imborrables aquellas estaciones de penitencia donde todo llamaba a hacerte preguntas que no tenían respuesta inmediata. Las iba contestando la misma vida en la que cada uno busca su maestro particular que está más cerca de lo que pudiera parecer, tanto física como espiritualmente. Es el momento de volver a viajar a aquellos momentos e intentar responder si cada uno de nosotros podemos hacer algo más. Es el valor de uno más… pero a veces ese uno es justo el que faltaba.

Buena estación de penitencia para algunos de mis hermanos y buen viaje al interior para mis otros hermanos. Cada uno como quiera, como esa voz interior le marque y sobretodo poniendo el horizonte en el otro, el prójimo, el resto de la Humanidad. No se trata de arrepentirse, todos nos equivocamos muchas veces, sino de sentirte vivo y feliz. Y eso es amar y respetar al que tienes al lado, palabra de Jesucristo para unos, fundamento de vida para cualquiera.

La bondad y grandeza humana son los auténticos fines de vida, incluso venciéndonos a nosotros mismos. No se trata de aspirar a salvar la Humanidad, sino de nosotros mismos y por tanto de los demás. La próxima vez que un dedo acusador, unas palabras virtuales desde un mundo irreal, un odio incontrolado se acerquen, al menos pensémoslas dos veces. Que como dice la letrilla, la vida son dos días, lo suficiente para sentirse vivos en nosotros mismos y en los demás, y hacer Ley de vida con dos constantes que deberían sonarnos: “amaos los unos a los otros” y “como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.

¡Buena estación de penitencia hermano, buen viaje a tu interior hermano!

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