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El Casino de Montellano: generaciones de encuentros

Ya sea por la influencia del cine y la televisión o porque muchas veces tendemos a mirar más hacia fuera que hacia adentro, para muchas personas un casino es ese lugar glamuroso donde corre el champagne y gira la ruleta. Y es verdad que eso es un casino, pero lo lúdico ha hecho que muchos olvidasen uno de los principales pilares de estos lugares: lo social.

Los casinos, más grandes o más pequeños, con más o menos lujos, son lugares de encuentro. Está claro que el juego está presente en ellos, pero se debe a que esta actividad ha servido para promover las relaciones entre las personas desde los orígenes de los tiempos. Hay juegos, como por ejemplo los dados, que no es que sean “de toda la vida”, es que realmente son milenarios, se han encontrado restos que datan del 3.000 a.C. Si los seres humanos llevan miles de años jugando no es por ganar o perder, sino por relacionarse. Los casinos no son tanto sitios donde se va a jugar como lugares de encuentro.

Ya en la definición de “casino” de la RAE la mayoría de acepciones se refieren al concepto de asociación. Está la definición, algo en desuso, de la “sociedad de hombres que se juntan en una casa, […], para conversar, leer, jugar y otros esparcimientos […]” pero la que se refiere a la gran mayoría de casinos de la geografía española, incluido el de Montellano, es la que los define como una “asociación formada por […] personas de una misma clase o condición. Casino liberal, agrícola, militar”.

Los casinos recreativos o culturales llegaron a España como reflejo de los clubes de caballeros del Reino Unido. Fue a lo largo del agitado siglo XIX cuando empezaron a construirse estos señoriales puntos de encuentro en los que, en un principio, la burguesía y las clases más pudientes se reunían para sociabilizar. Eran clubes de lectura, lugares en los que se intercambiaban opiniones, se organizaban bailes y conciertos o se jugaba a las cartas o al billar. Estas asociaciones, normalmente con socios que pagaban una cuota, tomaron su nombre de los “círculos” franceses o los “casinos” italianos y se volvieron muy populares.

Eran tiempos de cambio y la necesidad de tener un lugar en el que reunirse fue más allá de los centros urbanos. Los agricultores y ganaderos de los pueblos también empezaron a reclamar su espacio de reunión, tertulia y esparcimiento. Así nacieron los casinos que todavía sobreviven en muchos pueblos de España.

El Casino de Montellano data de 1911 e igual que sucede con la gran mayoría de los edificios destinados a este fin, se trata de una de las construcciones más destacadas del pueblo. Detalles como el balcón de estilo mudéjar de esta institución de la Calle de los Escalones siguen llamando la atención más de un siglo después de su construcción.

Fueron la parte más “pomposa” de muchos pueblos, pero durante algún tiempo los casinos culturales estuvieron bastante olvidados. La despoblación del medio rural o la llegada de las nuevas tecnologías hicieron que estos centros se vieran como reliquias del pasado. Sin embargo, su función es tan importante en pueblos como Montellano que cada vez son más los que reivindican estos lugares como centros en los que los vecinos pueden hablar cara a cara, compartir experiencias y conocimientos o crear nuevas experiencias y conocimientos juntos.

Recientemente, no lejos de aquí, se ha realizado el primer trabajo sociológico sobre los Casinos de Huelva, un libro que hace un recorrido por los casinos de la provincia –incluso algunos ya desaparecidos- con fotografías y un trabajo de investigación que pone de relieve los valores “casineros”. Valores como el simple placer de hablar y jugar.

Montellano sigue también esta línea de recuperar el casino como un lugar de reunión con fines culturales. Buena muestra de ello fue cuando las tertulias del Ateneo Montellanense pasaron a celebrarse en el Casino. Se intenta recuperar el espacio pero también la tradición del compartir y el buen conversar. Desde entonces se han organizado un gran número de actividades de todo tipo, siempre sin renunciar a los placeres para el paladar del Rincón de la Verdad. Porque el saber no está reñido con el disfrutar.

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