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Los Jubileos del futuro, por Juan Antonio Moreno

Foto: José Luna Salguero

Las tradicionales fiestas de Jubileos han sido, son y serán una de las señas de identidad de nuestra comunidad. Con clarísimos orígenes religiosos, la fiesta se ha mantenido viva en el calendario sentimental de todos los montellaneros, de los nacidos en esta tierra y de los de adopción, de niños y mayores. Poco a poco, consecuencia del inexpugnable paso del tiempo y de la transformación de las sociedades, la fiesta ha ido adaptándose a los nuevos tiempos y en la vorágine de nuevas ideas, nuevas formas de ocio y nuevas mentalidades, lucha para mantenerse en el panorama futuro de Montellano.

Los que ya pintamos canas tenemos recuerdos imborrables de aquellos Jubileos de nuestra infancia. Los Jubileos significaban un mundo increíble por saborear y disfrutar para aquella chiquillería expectante y ávida de todo. Eran una puerta al exterior, un momento continuado de diversión y relación, donde la ilusión daba paso al colorido y los ojos desorbitados de aquellos niños, y no tan niños, actuaban como cámara de vídeo de última generación intentando guardar en la retina todo hasta el año siguiente.

Las tradiciones no son ni más ni menos que momentos, espacios, recuerdos y semblanzas del tiempo pasado y, desde mi punto de vista, la única posibilidad de que esas tradiciones se mantengan de generación en generación es adaptándolas. La sociedad cambió lentamente durante siglos pero últimamente nos toca vivir una sociedad tremendamente dinámica y cambiante donde es difícil mantener nada que no consiga conectar con las nuevas generaciones. Pero, ¿cómo hacerlo? Esa es la gran pregunta, pero no para este tema tan concreto sino que me atrevería a decir para nuestra sociedad actual. La respuesta tiene que recoger dos principios elementales, pero muchas veces olvidados:

  • En primer lugar, no se trata de imponer sino de convencer, de ofrecer los suficientes atractivos y razonamientos
  • Y en segundo lugar, debemos recordar los más mayores que también nosotros fuimos niños y que lo que heredamos de nuestros padres, seguramente, no coincidía plenamente con lo que ellos pretendieron.

Si queremos que algo perviva no puede ser nunca restrictivo y mucho menos anacrónico, porque sin querer lo estaremos condenando a la reducción y finalmente al olvido.

Si conseguimos unir experiencia y vivencias con juventud y empuje habremos dado un paso decisivo para mantener vivas no las tradiciones sino la idiosincrasia de un pueblo, lo que le caracteriza por encima de un tiempo concreto y un espacio determinado.

Queda claro por tanto que ganar nuestro ‘jubileo’ del futuro debe ser empezar a conseguir que las nuevas generaciones hagan suya la fiesta, aunando tradición y modernidad, pasado, presente y futuro. Será un camino largo pero todo tendrá sentido si al final conseguimos una comunidad asentada en sólidas raíces.

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