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Navidades de nostalgia, por Juan Antonio Moreno

El pistoletazo de salida que marcaba el inicio de aquellas navidades era sin duda ver cómo se colocaba ese enorme pino (natural, claro está) en medio del punto neurálgico del pueblo, la calle de la Cruz. El árbol era motivo de paseo y parada obligatoria para, por ejemplo, aquella hilera de uniformes azules procedentes del colegio SAFA. A pocos metros, otra señal clara de que se acercaba la Navidad; me refiero a las ilustradas carteleras del Cine San Fernando o alguna que otra guirnalda decorativa en el interior de los numerosos bares de la calle. En la calle se respiraba un ambiente especial entre la chiquillería que olía a vacaciones y la cercanía de aquellos enigmáticos personajes que eran los Reyes Magos, nada de Papá Noel ni nada que se le pareciera. Los mayores hablaban de las familias que estaban lejos y de la llegada de una paga que no sabíamos exactamente qué era, pero que si veíamos cómo alegraba la cara de los mayores.

Nuestra conversación era monotemática sobre esos anuncios de juguetes que empezaban a llegar a la televisión (la única). ¿Dónde quedan aquellos fuertes de indios y vaqueros, el Exin castillos, las bicicletas BH, los balones de cámara, los trenes…? Cómo olvidar también la ventana al mundo, la televisión que esos días ofrecía una programación específica de películas, deportes, etc. que atraían a la chiquillería. Eso sí, hasta que aparecían los dos rombos, señal que marcaba el fin de la programación infantil y el dormir obligatorio. Yo soy de la generación de los ‘Chirripitiflauticos’ o del ‘1 globo, 2 globos 3 globos’, entre otros. Para nosotros, la tele era como internet, nuestro acceso a otro mundo que existía virtualmente y que estaba ahí a golpe de interruptor. Nada de mando a distancia.

La cocina también desprendía olores poco habituales para aquellas mágicas noches que se avecinaban y que conllevaban el reencuentro de familiares que estaban lejísimos; ni más ni menos que en Sevilla. Olores y sabores que ni los más selectos chef de alta cocina conseguirían hoy. Todos presenciamos en aquellos dulces años el asesinato con alevosía de pavos que después se convertían en aromas y manjares que allí quedaron. Pestiños, roscos y otras delicias inundaban las casas y se entremezclaban en las calles como sello distintivo del tiempo en el que estábamos.

En casa se percibía un trasiego de figuritas del Belén y bolas de Navidad para montar un nacimiento que mi madre conseguía aderezar con las dosis precisas de ilusión y fantasía donde cada personaje tenía casi vida propia. La cercana Sierra era el lugar ideal para conseguir el material necesario. Empezaban a verse unos ‘muñecos raros con traje rojo’ que poco o nada conseguían ante los tres Reyes Magos. Fuimos testigos de las primeras cabalgatas de Reyes donde los caramelos tenían un valor real, y nunca mejor dicho.

Otros tiempos, otras navidades que dejan ver cierta nostalgia y añoranza lógicas con el paso del tiempo. Eran simplemente otras navidades definidas sobretodo por la mirada inocente de unos niños que abrían los ojos al mundo.

En fin… ¡Feliz Navidad! Y que ahora con otros ojos y otros años sepamos transmitir aquella bendita ilusión e inquietud sobre la que ir asentando una herencia de valores de las que tan necesitado estamos.

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