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Montellano necesita a Federico


Federico es tímido. Para la mayoría, raro. Pero tiene personalidad. Le gusta tocar el saxofón y las bibliotecas son su oasis. Por ello, de vez en cuando, aprovecha el recreo para visitar la del instituto Castillo de Cote. Hay una novela que le tiene enganchado y no puede evitarlo; prefiere su media hora de gloria a que no le llamen friki.

Es un tipo pacífico y le gusta vivir experiencias nuevas. A pesar de que cuando era más pequeño se apuntó al equipo de fútbol, duró poco. No quiso explicar a su amigo Juan que su padre no era una buena persona insultando al resto de amigos rivales desde la grada; ni a José que su primo, el entrenador, le parecía un auténtico salvaje cuando le insinuaba que fuera con la pierna por delante aunque hiciera daño. Simplemente, dio un paso al lado.

Federico también probó hace poco el botellón del poli. Pero tampoco regresó. No entendía esa música rara, totalmente novedosa para él. Algunos daban saltos con los ojos muy abiertos y sus amigos intentaban seguir sus pasos. Es complicado ser fiel a su personalidad y a la vez no sentirse un marginado social; pero le importa poco lo que piensen los demás. Simplemente calla y disfruta a su manera.

A sus 14 años, Federico empieza a sentir un tremendo horror por las injusticias. Aunque no le pesan los insultos –razón por la que le acosan menos que a otros niños–, siempre trata de evitar, en la medida de lo posible, que los abusones impongan su ley.

Cuando era muy pequeño tuve coletazos de Federico. Apenas cuando aprendí a hablar ya atosigaba a mi abuelo en busca de una explicación acerca de la misteriosa desaparición del sol al final del día o los ratos que pasaba echando agua a aquellos naranjos. Sin embargo, con el paso de los años me achiqué; abandoné las clases de piano, un instrumento poco masculino para algunos. En clase, reí las gracias de mis compañeros aun siendo consciente de que en ese momento el profesor estaba viviendo una pesadilla. Formé parte de la crueldad enmascarada en el alboroto de mis compañeros: tenía que parecer normal.

Federico es un valiente porque no le importa ser diferente. Si volviera a nacer, cuando fuese niño querría ser como él. Haría oídos sordos a aquel que no respetase mi forma de pensar, mis gustos, mi excesiva madurez. Demostraría que lo alternativo es válido y necesario en todas las edades. Ignoraría que el ansiado primer beso tardase en llegar, ya que sería consciente de que si esas chicas colocan un muro ante la rareza es porque aún no han aprendido a apreciarla. No pondría inconveniente en acompañar a mi madre a tomar una cerveza el sábado, ni me avergonzaría por dar un beso a mi padre para despedirme antes de una excursión; aprovecharía esos momentos siendo consciente de que los añoraré cuando falten.

El pequeño Federico vive en un sistema saturado en el que el nuevo progreso gira en torno a lo alternativo, pero en un pueblo que no termina de asimilarlo. Cuando más nos hace falta para volver a entender quiénes somos, la multiculturalidad se abre paso y multitud de ideas afloran en plena crisis de valores. El corazón de Montellano late cada vez con menos fuerza y sólo tenemos un desfibrilador a mano: lo joven, lo nuevo, lo diferente. Por ello eres mi última esperanza y te pido que aguantes. Por ello brindo por lo distinto. Te necesitamos, Federico.

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