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Sexo, whatsapp y la evidencia de lo primario

Una vez más, ya es viral la grabación de un chico y una chica con un calentón inmenso en la vía pública, esta vez durante la Feria de Utrera; ya pueden imaginar, si por casualidad aún no ha pasado por ninguno de sus grupos.

Más allá de las burlas y la efectiva difusión del vídeo, en el que los jóvenes pierden el control de la situación en una noche de fiesta, resultan realmente delatadoras las justificaciones de quienes lo comentan: “Es su culpa por follar en la calle” o “En su momento disfrutaba, ahora que se aguante (haciendo referencia, cómo no, a la mujer, cuya identidad no ha tardado en tener una amplia y humillante difusión gracias a las redes sociales)”.

Se trata de esconder bajo la justicia social el morbo y la crueldad de un mundo egoísta y despiadado. Algo que define a una sociedad incrédula, que a base de prefijos en términos como posmodernidad o neoliberalismo trata de mostrar un avance destacado respecto a generaciones anteriores.

Es complicado creerlo al ver este tipo de reacciones. A la civilización occidental -la superior según los libros de historia-, le cuesta la vida no disfrutar en pleno siglo XXI del morbo más salvaje, el que llega gracias al sufrimiento ajeno. Y lo que es peor aún: le resulta imposible empatizar. “¿Y si fuera mi hermano? ¿Y si grabaran a mi prima? ¿Y si me pasara a mí?”, cuestiones simples y que pocos tienen en mente antes de actuar.

Ni la tauromaquia es el único espectáculo primario que nos define, ni la abolición de la pena de muerte el valor que nos convierte en la sociedad más solidaria y avanzada del planeta. Hay que mirarse el ombligo. Y en ello me incluyo.

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