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Un curso más… (y a pesar de todo)… una ilusión nueva

Un nuevo curso, nuevos problemas, nuevas realidades pero sobretodo nuevas ilusiones y metas por intentar alcanzar. Retos e ilusiones que los años mantienen pero con la sensación de que este bendito país no acaba de tener claro la importancia de la educación en nuestras vidas, en nuestro presente y en nuestro futuro como comunidad.

He sido testigo y sufrido infinidad de reformas, leyes, decretos y un sinfín de ideas sin sentido que políticos de todo signo han decidido que eran las mejores… ¿Para qué? De nada importan reglamentos, organizaciones y estructuras educativas que quedan perfectas sobre el papel de sesudos dirigentes de la política educativa, que poco o nada conocen de la realidad de nuestras aulas; si no alcanzamos a valorar que la educación con mayúsculas debe quedar aparte de la lucha política (ésta y otras muchas cosas). Que aquí no puede llegar el señor político de turno, largar varios discursos grandilocuentes -que nadie entiende por cierto-, y poner patas arriba la escuela cada X años.

Llevo casi 30 años en este mundillo y no entiendo la obsesión de los dirigentes de la política educativa por destruir todo lo anterior. Hay muchas cosas buenas en este sistema que ya veía yo poner en práctica cuando todavía era alumno. Pero claro, últimamente lo avanzado es desterrar todo lo viejo, todo lo anterior, cuando nadie parece darse cuenta que se modifican las cosas que no funcionan por eso, porque no funcionan no por su antigüedad. En el otro extremo he asistido al bombardeo masivo de las nuevas tecnologías aplicadas a la educación y he sido testigo de cómo se inundaban aulas y mochilas de los últimos principios tecnológicos cambiando mobiliarios, pizarras… en pos de una nueva etapa tecnológica. Ni periquín ni pericote. Ni obligar a aprender de memoria la temida lista de los reyes godos ni confiarlo todo a una búsqueda de segundos en cualquier buscador.

Dar información no es educar, llenar cuadernos sin sentido antes, y archivos ahora no es educar. Educar es algo más y hasta que no descubramos ese algo más ya pueden venir cientos de gobiernos con cientos de ideologías (¡si es que las hay!), incluso con miles de millones debajo del brazo (¡si es que quedan!), que seguiremos empantanados en un macrosistema que le cuesta funcionar y que como mucho va paralelo a la sociedad pero no por delante, que debería ser la esencia de todo sistema educativo que se precie de vivo.

El mundo que se nos viene encima necesita ante todo respuestas a problemas nuevos y ese es otro de los retos de la escuela: enseñar a valorar, a pensar (no a qué pensar), a analizar, a discernir, a enjuiciar con fundamento, a hacerles ver que tenemos un papel en la sociedad y que todo eso se aprende, entre otros principios: con el trabajo, el esfuerzo personal, la ilusión por alcanzar unas metas por nosotros mismos (como personas y como miembros de una comunidad). Los problemas que se van a encontrar en su vida nuestros alumnos no vienen en el libro de matemáticas, vienen en el libro de la vida que cada persona debe escribir desde que nace. Pero eso es imposible, y lo digo por la experiencia que me dan 30 años de docente, sin las familias y la comunidad que nos rodea. Eso sería remar contracorriente y termina por agotarte y convertirte en una pieza más del viejo engranaje, entre el conformismo y la rutina.

Podría poner miles de ejemplos, incluso en los ámbitos más cercanos: desde la responsabilidad personal y principios éticos hasta el consumo de alcohol, drogas, tráfico… pero, sin lugar a dudas todo lo anterior pasa porque seamos conscientes de un principio bien sencillo y a la vez trascendental: el papel básico de unos padres responsables dispuestos a darlo todo para que sus hijos se hagan ciudadanos responsables con ellos mismos y con la sociedad en la que van a vivir (y eso no se consigue a base de dinero, agasajos y regalos que nunca van a sustituir un rato de diálogo profundo con tus hijos); tampoco haremos nada si en nuestra escuela no nos rodeamos de buenos educadores (del latín guiar/orientar) con las ideas muy claritas de qué y cómo hacerlo (y eso os puedo asegurar que no se enseña en la universidad al completo, sino que se adquiere con el pasar de los cursos, de los problemas y de las satisfacciones de los enanos). Y por último, quizás pocas veces tenidos en cuenta, los mismos alumnos. Deben ser los auténticos protagonistas de su formación como personas pero eso que teóricamente parece lógico pocas veces es tenido en cuenta. Trabajo, esfuerzo personal, constancia, afán de superación, ganas, ilusión por supuesto, pero diálogo, argumentación y ayuda hasta el infinito. La experiencia me dice que cuesta, y bastante, pero muchas veces se consigue. El objetivo no es que todos sean licenciados universitarios (una incongruencia total en los tiempos que corren), el objetivo no es hacerlos sino que se hagan personas libres y responsables pero con principios y estrategias a su alcance para intentar dar respuesta a muchas de las preguntas que la vida te lanza a diario.

Este año lo intentaremos otra vez. A pesar de la política de recortes, a pesar del desconocimiento casi total de los políticos, politiquillos y politicastros de nuestra realidad educativa, a pesar de que cuando algo sale mal en la sociedad los políticos nos miran como culpables, a pesar de que algunas familias, que hace tiempo abandonaron su responsabilidad educadora y la cedieron a la escuela, no encuentren respuestas que nosotros tampoco tenemos, a pesar de que muchas veces nosotros mismos metemos la pata y no damos respuesta, a pesar de todo… volveremos a intentarlo. Mis 50 años y mis 30 como docente me dicen que hay que seguir intentándolo por ética, por responsabilidad y por la satisfacción interior que te da ver después ciudadanos y personas con mayúsculas.

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